Volver

Prácticamente había dejado el golf. Era una persona bastante habilidosa, lo que le permitió dar voraces bocados a su handicap en un breve periodo de tiempo. Llegado a ese punto, le costaba mantener el nivel y estaba un poco desanimado. Además, una serie de lesiones no demasiado graves, pero suficientes para impedirle jugar sin molestias, le acabaron por hastiar. A eso se unió una afición incipiente por las cámaras fotográficas. Adolfo nunca supo si la fotografía le alejó del golf o el desánimo por ese deporte le acercó a los objetivos, trípodes y lentes.  En cualquier caso, sus palos ocupaban un espacio en el trastero. Jamás lo hubiera imaginado un par de años atrás: era su pasión.

Sus amigos le convencieron para disputar una partida aquel sábado de octubre con temperatura de junio. A regañadientes aceptó; en su fuero interno sabía que les debía una ronda. Hacía demasiado tiempo que no los veía y su adiós al golf había sido paulatino, sin despedidas. Recuperó su juego de palos, sus zapatos ajados y los metió en el maletero.

A media mañana se montó en su coche y se dispuso a conducir de forma indolente los veinte kilómetros que le separaban del campo de golf. Detuvo su vehículo al pasar por unos preciosos viñedos. Pensó que era una pena que no llevara su Nikon nueva. El otoño es la mejor estación en La Rioja. Su mirada se clavó en la mezcla de ocresamarillos y rojizos de las vides que contrastaba con el azul limpio del cielo. Tras realizar unas cuantas fotos imaginarias, desganado, se dispuso a terminar el trayecto que le separaba de su club de golf.

Al llegar buscó un sitio entre los muchos automóviles estacionados. Se notaba que el día era propicio para jugar unos hoyos porque tuvo que situar su coche al final del aparcamiento. Mientras se acercaba al bar para tomar un café, como había hecho siempre, intuyó las siluetas de sus amigos a través de los grandes ventanales de la casa club. Parecía que fue ayer cuando recorría ese trecho, pero hacía ya más de seis meses meses. Al verlo, sus tres compañeros le saludaron afectuosamente. Se sintió cómodo y se relajó. Ni un solo reproche por estas semanas sin aparecer.

Se aproximaba la hora de salida, así que bajaron todos hacia el tee haciendo bromas y riendo. Adolfo rebuscó en su bolsa en busca de una bola decente; apareció una Srixon medio nueva que resultó ser la elegida. Sacó el driver de entre sus palos y la puso en juego. Estaba un poco nervioso.

La primera vuelta transcurrió rápidamente, tal vez porque estaba disfrutando, aunque su swing no le acompañaba, algo nada inesperado por otro lado. A pesar de ello, el resultado no era malo. Se encontraba a gusto, le invadía una sensación placentera. No recordaba la última vez que sintió eso en una ronda de golf. La paladeó como si no se fuese a repetir.

La segunda vuelta estuvo en línea con la primera y las horas pasaron volando. El buen humor, las risas y los comentarios jocosos se sucedían: la tónica de un día perfecto en lo meteorológico.

En su último tiro a green, con un hierro 6 en las manos, ejecutó el mejor golpe del día. La pelota, tras un vuelo que parecía no terminar, se acabó posando a menos de un metro de la bandera. Sus tres compañeros se miraron y sonrieron. Comentaron en voz baja: “Volverá a jugar al golf. Nadie pega ese golpe y lo deja. Es seguro” Adolfo apenas reparó en su gran impacto. En el fondo no le daba importancia. Les miró y pensó: “Cómo sonríen y qué bien lo he pasado. Volveré. Por ellos.”

 

 

Agradecemos a Bodegas Pago de Larrea la cesión de las fotos para ilustrar el relato.

Esta entrada fue publicada en Amigos. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Volver

  1. Cándido dijo:

    Escribes muy bien.
    Tu relato es como hacer un par en el 1.
    Cuando ves a alguien con quien juegas por
    primera vez hacer un par en el uno, te preguntas;
    ¿Será capaz de hacer 18 pares?
    La respuesta sería : depende de su estilo.
    Pues bien,yo creo que con tu estilo puedes
    hacer par en los 18.
    Por sí no lo cojes,podrías escribir un libro.
    Anímate
    Saludos

  2. Juan dijo:

    Gran relato Javier.

    Un gusto leerlo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *